CAP 1. La Gruta Laberinto Claro
Estoy entrando a la gruta, solo. El aire aquí es más frío, más seco que afuera, donde la humedad se aferra a la vegetación densa que rodea la base de la montaña. Este espacio es profundamente familiar para mí. Todos nosotros, los que vivimos aquí lo conocemos a ojos cerrados
Para un extraño, sería casi imposible encontrar este lugar. Rodeado de espesura, oculto bajo siglos de crecimiento natural, parece parte del paisaje mismo, como si la montaña lo guardara celosamente. Nadie imaginaría que existe algo como esto aquí.
Por dentro, parecería un laberinto para quienes no lo conocen: un juego de pasillos, recovecos y túneles que se retuercen como las raíces de los grandes árboles en la superficie. Sin embargo, para nosotros, no lo es. Cada rincón, cada curva en la roca, tiene un propósito, una razón de ser. Nosotros conocemos cada espacio, cada recámara, y los usamos para diferentes etapas de los procesos que aquí realizamos. Hay una calma profunda que habita en estos espacios. Una calma que se siente viva, como si la piedra misma respirara con nosotros, como si cada sala y pasillo guardara la memoria de quienes han caminado por aquí antes que yo. Y la presencia misma de aquellos que en silencio se han quedado inmóviles. Es un silencio lleno de historia.
Mi cuerpo es pequeño y delgado. Nunca me he detenido a contemplar mi reflejo, no conozco mi rostro, ni me importa. Mi cuerpo es lo que es, una herramienta que me ha servido bien. No es fuerte ni débil. Tampoco lo llamaría enfermo o saludable. Es simplemente un cuerpo que ha soportado los rigores del ayuno, ha sido llevado al límite muchas veces. Deshidratado, seco, parece haberse convertido en algo más allá de lo físico, casi una extensión de la propia tierra.
No tomo alimentos ya, al menos no en el sentido habitual. Solo consumo lo estrictamente necesario. Desde hace años, he estado alimentándome con una mezcla especial que llamamos “el sustento”. No es un alimento común, no da energía ni vigor. Es una preparación de resinas, especias y raíces, que incrementamos gradualmente conforme el cuerpo lo tolera. Al principio, una pequeña cantidad, apenas una pizca al día mezclada con nuestros otros alimentos. Pero con el tiempo, esa dosis crece, se convierte en parte de uno mismo, adaptándose al cuerpo hasta que todo lo demás se vuelve irrelevante. Finalmente es lo único que consumo ahora. Una ración del tamaño de un par de dátiles al día. Esta mezcla tiene un único propósito: preservar el cuerpo, evitar la putrefacción de los tejidos. Lo mantiene intacto, incluso después de que todo lo demás se haya apagado.
Aquí no hay nada, y al mismo tiempo lo hay todo. Las paredes, el techo y el suelo son de un tono beige claro, no blanco. Es una tierra dura, lisa y continua, sin bordes. No hay interrupciones, todo parece tallado de una sola pieza, como si la naturaleza misma hubiera modelado este lugar con una intención sagrada.
CAP 2. PREPARANDO EL SILENCIO DE LA CULMINACIÓN
A veces me imagino el agua que, hace siglos, debió haber esculpido este sitio. El flujo constante y paciente que, gota a gota, fue dándole forma a la piedra. Se siente su poder avasallador. Pero ahora, ya no queda agua aquí. Los caudales que alguna vez fluyeron por estos pasajes se han desviado, movidos por la implacable marcha del tiempo.
La humedad en este espacio es perfecta: suficiente para mantener un frescor constante, pero no tanta como para generar moho o plantas. Es como si la misma piedra supiera que debe mantener el equilibrio, que debe preservar este lugar sagrado. Aquí no hay bacterias, no hay hongos. Nada crece, sin embargo, todo está vivo en su propia quietud.
Llevo mucho tiempo preparándome para esto. No recuerdo una vida diferente. En realidad, no puedo imaginar otra cosa, y no la desearía. He pasado por todas las etapas. He meditado en todos los recintos, cada uno con su propia energía, su propio propósito. He estado inmóvil durante meses, en silencio absoluto, dejando que mi cuerpo se desvanezca en el tiempo, que la mente se apague en el vacío.
Todo lo que he hecho me ha conducido a este momento: la culminación.
Camino lentamente hacia ese pequeño lugar en el suelo. Lo conozco bien, es el mismo sitio donde he pasado largas temporadas antes sentado. Meses enteros que preparan este momento. Aquí, el tiempo parece no existir. Las estaciones cambian fuera, pero dentro todo es constante.
De frente, en lo alto, entra un rayo de luz que no llega a tocar el suelo. La luz aquí nunca es directa, pero su cantidad es perfecta. Como si la misma gruta supiera cuánta luz dejar pasar, cuánta oscuridad permitir. Se ilumina sin dar sol.
Voy solo. Nadie me espera, nadie me acompaña. Aquí no hay ceremonias, no hay celebraciones ni despedidas. Nadie me observa. Simplemente es. Puedo decir que ni siquiera yo mismo me observo.
Me siento en mi postura habitual, la que mis huesos conocen tan bien. Flor de loto. Las manos descansan un sutra sobre las piernas, en calma. Mis movimientos son fluidos, antiguos. Mis latidos son lentos y mi cuerpo huele a la resina y especies que he consumido ya en grandes cantidades.
Llevo puesto un manto ligero, sin mangas, un beige añejado que se mezcla con el color de las paredes de la gruta. Es como si mi cuerpo se desvaneciera en el entorno, fundiéndose con la piedra y la tierra que me rodea.
Mi mente está en silencio. Podría elegir pensar, pero no lo hago. Ya no necesito pensamientos. Simplemente no suceden, sin esfuerzo. Mi atención se posa en dos puntos: el primero, medio metro debajo de mi cuerpo, el otro, medio metro sobre mi cabeza. Es un enfoque suave, delicado, sin distracción. Practica de mucho tiempo ya. Simplemente ocurre.
Mis emociones también están en silencio. Puedo elegir no sentir. Simplemente elijo no hacer ruido emocional con una facilidad que quizás debería sorprenderme. Observo el silencio que habita en mi.
Un silencio suave donde no hay miedo, no hay tristeza, no hay duelo. Algunos creen que las emociones como el Amor, deseo o compasión, son inherentes al ser. Que son imprescindibles para sentirse pleno. Pero aquí, sabemos y experimentamos muy diferente.
Comprendemos que también son ruido. Y elegimos el camino de habitar el silencio. Este no proviene de la resistencia, sino de una elección consciente que abre la conexión. Es como regresar a casa tras haber estado en un lugar saturado de voces y caos.
Encontrarse con el Silencio Absoluto, va más allá de sentir calma o paz. Es algo sin nombre en este idioma, que solo existe en la completa ausencia de ruido. Al principio, podría parecer inquietante no sentir amor, no desear nada; pero entonces, algo más profundo emerge, una "quietud" tan completa que eclipsa cualquier necesidad. Este silencio es más pleno que cualquier emoción, más profundo que cualquier apego. Mas verdadero que cualquier creencia. Palabras como completud, recuerdo ancestral, unificación, entrega total o plenitud no alcanzan a describirlo, porque esas ideas remiten de nuevo a un plano emocional. No hay agradecimiento, no hay miedo, no hay gozo, no hay "felicidad".
Solo un silencio puro que lo envuelve todo, que lo sostiene todo.
CAP 3. SENTARSE PARA QUEDARSE.
Se que me estoy "sentando para quedarme".
No hay nadie a quien avisar.
No hay nadie que deba saberlo.
Simplemente es.
Así como todo lo demás.
Estas palabras que escribo ahora, pertenecen a mi mirada actual. El monje que soy en este momento no tiene palabras, no tiene emociones. Solo hay silencio.
Mi cuerpo entra naturalmente en este estado.
Mis latidos se ralentizan.
Mi respiración, ya casi imperceptible, se vuelve más lenta, hasta casi desaparecer. Pasa el tiempo sin tiempo.
Siento que mis manos comienzan a endurecerse, al igual que el resto de mi cuerpo. Podría moverlas si quisiera, pero no hay deseo y no hay necesidad. La rigidez que se apodera de mí no me provoca ninguna emoción, ningún pensamiento. Solo es. Todo es el Observante Silencio.
Y entonces, el silencio es interrumpido por algo más profundo, más antiguo.
Es el sonido de la tierra.
La tierra abajo de mi suena. Más que un sonido es una integración.
Así como alguna vez se puede sentir el crujido de las tripas, observo ahora, mi vientre es la tierra.
La tierra suena, y percibo ese sonido, Soy yo. El sonido del agua, distante y a kilómetros de aquí, se mezcla, también soy yo. El sonido de cada planta, cada árbol creciendo, cruje y soy yo.
Percibo todo, sin juicio. Solo Presencia que Observa. Conciencia pura, sin nombres, sin forma. No hay nada, y al mismo tiempo soy todo.
No es una historia triste, ni una historia feliz.
No es muerte, ni vida.
No es una historia con final, porque no hay muerte.
Este “no morir” no es la eternidad en el sentido que solemos imaginar, no es la perpetuación de un yo consciente. Es más bien una disolución suave, una fusión con el todo, en la que no existe ni el tiempo ni el espacio tal como los entendemos.
Es la infinitud del cosmos donde soy y no soy un Ser separado.
Mi existencia se entrelaza con todo lo que es, como un hilo consciente de lo que forma parte.
Aquí, en este silencio inmenso, lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte se desvanecen, se vuelven irrelevantes, como conceptos flotando en el vacío. No hay nada que perpetuar, aun así todo sigue. En movimiento.
La fusión con el cosmos no es una conquista, no es una victoria sobre la mortalidad. Es simplemente la aceptación de lo que ya es.
No es un destino ni una recompensa, sino un estado natural.
Una historia que permanece continua porque nunca deja de ser parte de la trama infinita del universo.
En este silencio puedo reconocer mi historia.
Una "historia presente". En monje existo sin tiempo.
Sigo habitando el Silencio Observante.
Y en el momento en que estas palabras emergen, las lees y me escuchas,
el silencio se ha quebrado, y vuelvo a ser uno, limitado y sólido,
compartiendo contigo este fragmento de eternidad.
✍🏽 Texto original de Avinasha Paola. Todos los derechos reservados.
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